Sobre el simulacro, los hechos alternativos y la mentira (IV) | Mentira: entrecruzamientos entre política y arte

Sobre el simulacro, los hechos alternativos y la mentira‘ es un artículo/ensayo en cuatro capítulos que toma el concepto de ‘posverdad’ (post-truthcomo punto de partida para explorar ciertos indicios y genealogías que permitan interpretar cómo los ingredientes de este nuevo régimen se encuentran ya presentes en ciertas prácticas artísticas contemporáneas, así como en los discursos teóricos que las rodean. Para ello abordaremos tres conceptos que forman parte de la propia condición de ‘posverdad’: el simulacro, los hechos alternativos y la mentira, abriendo un espacio de posibilidades desde el que ensayar aproximaciones alternativas a tal cuestión. (Ir a I. Prólogo, II. Simulacro y III. Hechos alternativos)

IV. Mentira: entrecruzamientos entre política y arte

A lo largo de la historia, la mentira ha pasado de ser una cuestión jurídica específica a alcanzar altas cotas de intrusión en la esfera pública. La política, que en la Grecia clásica partía de una relación directa con lo verdadero y sus condiciones de mejora del cuerpo social, ha transitado con los años hacia la distorsión intencionada de la realidad. Mientras tanto, en el campo del arte, contrariamente, encontramos un movimiento que parte del ámbito de lo falso —la copia de una copia, según Platón—, para dirigirse hacia un estadio en el que la identificación entre lo artístico y lo real adquiere máxima importancia.

Georges W. Bush fue presidente de los EE.UU. entre el 2000 y el 2009, reelecto en 2004. Durante su mandato tuvo que afrontar el atentado en 2001 al World Trade Center de Nueva York, convertido posteriormente en crisis internacional. Tras este terrible suceso, su gobierno impulsó políticas imperialistas y ‘antiterroristas’ como la operación ‘Libertad Duradera’ en 2001, que inició la Guerra de Afganistán, o la invasión de Irak en 2003 mediante la operación ‘Libertad Iraquí’. En los propios nombres puede observarse la pretensión de los Estados Unidos y sus aliados de manipular el tono sobre estas invasiones bélicas. Después del 11-S, la amenaza de una guerra bacteriológica mediante ántrax fue reelaborada, y finalmente sirvió de excusa para la intervención en Irak. La supuesta posesión de ‘armas de destrucción masiva’ por el régimen de Sadam Hussein, que resultó falsa, es un claro ejemplo de posverdad.

En las dos elecciones que G.W. Bush ganó, algunos grupos de activistas realizaron acciones críticas, que intentaban combatir el potencial conservador del presidente republicano mediante estrategias artísticas diseñadas para ser efectivas en el nuevo régimen de comunicación. The Yes Men, por ejemplo, crearon para las elecciones del 2000 un sitio web similar al del presidente bajo el dominio ‘gwbush.com’, en el cual exponían contradicciones en el discurso de Bush en los medios. Asimismo, para 2004, llevaron a cabo una acción similar bajo el dominio ‘YesBushCan.com‘. En este sitio web todavía pueden leerse reclamaciones del tipo: ‘Jacksonville, Florida, a mostly Black city where 11,000 votes were never counted in 2000. (Statewide, 179,000 votes weren’t counted, more than half of them Black. 90% of Blacks voted for Gore.)’(1).

De un modo similar, Billionaires for Bush(2) crearon campañas virales para ambas elecciones. Aprovechando los recursos de internet, convocaron actos performáticos que se infiltraban en eventos de campaña republicanos. Allí, vestidos de etiqueta como ‘billionaires’, proclamaban slogans irónicos como ‘One dollar, one vote’ o ‘Watch more Fox News, then you’ll share our right-wing views!’. El uso del humor, la apropiación de los espacios destinados a las campañas de los candidatos —ya fuesen físicos o en los media—, la mímesis de su objeto de crítica, y la doble apelación a la supuesta superioridad de los ricos dirigentes y a la absurdez de sus demandas, son estrategias que funcionaron bajo un régimen activo de ‘posverdad’, en el cual la esfera política y las prácticas activistas/artísticas empleaban los mismos recursos con intereses contrarios. Los actos de Billionaires for Bush fueron ampliamente cubiertos por la prensa, alcanzando cierta popularidad.

La relación directa de las prácticas artísticas con el activismo político en los primeros años 2000, aunque no totalmente nueva, señala un momento clave en la relación del arte con lo real más allá de la identificación arte-vida. En este marco se engloban una serie de actividades que, operando siempre con y desde los modos de actuación propios del arte, buscan afectar directamente a procesos políticos y sociales. Se trata de unas prácticas heterogéneas que surgen en el contexto de los movimientos ciudadanos contra la guerra y la globalización, rápidamente extendidos por el planeta(3). Por definición, estas prácticas se encuentran en las fronteras de lo artístico. Su carácter liminar no puede desligarse del nuevo régimen comunicativo, que al mismo tiempo provoca los fenómenos a combatir y fornece algunas de las herramientas de combate más importantes —como las redes, que multiplican la difusión y el potencial actuante. Las estrategias artísticas de revuelta ensanchan y cuestionan los límites de la esfera pública aprovechando tácticas apropiadas del arte para criticar un régimen tendente hacia la falsedad y la irrealidad. El entrecruzamiento de los ámbitos político y artístico resulta evidente. ¿Hacia dónde nos lleva este intercambio en los contenidos, los modos y los fines entre la esfera política y la artística? Y sobre todo, ¿de dónde viene?

En el s. XXI estamos inmersos en un régimen de ‘posverdad’, en el que la ‘mentira moderna’, teorizada por Hannah Arendt, desintegra las fuentes de la historia —como veremos más adelante. Los avances tecnológicos —internet, comunicaciones por satélite, etc.— se encuentran en plena actividad. La globalización es un fenómeno evidente, y su estudio se desarrolla en profundidad. El cambio climático empieza a ser notable, así como lo son las enormes brechas socioeconómicas entre Norte y Sur, entre diferentes sectores de la población, entre mujeres y hombres. La esfera política aplica tácticas de marketing, como el reclamo afectivo, produciéndose un tránsito entre la política de estado de los siglos XIX y XX y el espectáculo mediatizado bajo el que nos encontramos hoy en día.

Uno de los supuestos con los que se intenta explicar la situación actual del régimen de comunicación y su influencia en la política es el de la proliferación de la mentira, que se encuentra, según algunas exégesis(4), tanto en la interacción personal como en los procesos configuradores de esfera pública. En este tipo de explicaciones se hace uso de la sinécdoqueel todo por la parte, en este caso—, que al ser arrojada como argumento de peso, deja de actuar como figura literaria para transformarse en falacia de composición. En este tipo de falacias se identifica un rasgo común, supuestamente habitual en la mayoría, que se extiende hasta identificarlo con una minoría, cuyo comportamiento queda así justificado.

El recurso falaz a la mentira, por tanto, dice así: todos mentimos habitualmente, ergo es normal que la mentira se aplique en todos los ámbitos, ergo la responsabilidad —o la culpa, si empleamos terminología judeocristiana— ha de repartirse ‘equitativamente’ entre todos los individuos. Al contrario que la riqueza y el poder, de los cuales hemos de asumir que no se reparten en condiciones de igualdad y así está bien, la mentira se distribuye democráticamente, tocándonos a cada ciudadano la misma cantidad de las responsabilidades desprendidas de ella. Esta explicación simplista de las causas del régimen de ‘posverdad’ sobreentiende que todos mentimos habitualmente; por ello el ecosistema comunicativo ha vuelto difusos los límites entre lo real y lo verdadero. De este modo queda oculta una desproporción en la repartición de responsabilidades. Como fue indicado en la introducción a esta serie de artículos, las causas del cambio de paradigma en relación a la verdad hay que buscarlas en las configuraciones políticas, éticas y estéticas de la sociedad contemporánea, más allá de la incorporación de la mentira en nuestras vidas privadas.

De cualquier manera, relacionar mentira y responsabilidad no es una cuestión menor. Haciendo ‘historia de la mentira’(5), en Kant encontramos una definición del concepto que hace referencia al ámbito de la jurisprudencia. Mentir no es cometer un error, sino inducir voluntariamente a ello; por tanto, la primera característica de la mentira es que se trata de un acto consciente. Asimismo, en derecho, si hay responsabilidad es debido a la causa, real o posible, de un perjuicio. La segunda condición de la mentira es que provoque un mal a otro(6).

Esta definición kantiana puede ser tomada como resumen extremo del concepto de mentira, más o menos ampliable, hasta bien entrado el s. XIX. Sin embargo, con Nietzsche encontramos un giro en el asunto. El pensamiento cartesiano había acabado con la certeza; Nietzsche acabaría con la verdad. Esta es, para él, una versión de la mentira aceptada socialmente, regida por las engañosas percepciones sensoriales y que opera dentro de un marco normativo lleno de traducciones entre lenguajes, con sus consiguientes equívocos. Pero el pliegue conceptual más importante que Nietzsche opera sobre la mentira es reconocer que ésta sólo es tomada como tal por el hombre —sea sujeto o cuerpo social— cuando le perjudica directamente. La responsabilidad no recae solo en el mentiroso, entonces, sino en la aceptación social(7) de la propia mentira, condicionada por el grado de perjuicio que produce. Nietzsche va aún más lejos, añadiendo la verdad a la ecuación:

Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.(8)

De este modo, existe también responsabilidad para todos aquellos que emplean la verdad sólo desde lo bueno, lo bello y lo agradable, y no por su condición misma de fuente de conocimiento. No solo la mentira está relacionada con ‘hacer aparecer lo real como irreal’, sino que la verdad opera de un modo análogo, aunque contrario(9). Nietzsche nos enfrenta al binomio ‘mentira perjudicial/verdad improductiva’, en el cual el equívoco es aceptado en tanto no dañe nuestra posición.

Frente a tal binomio encontramos la parresía, que Michel Foucault define como

una forma de actividad verbal en la que el hablante tiene una relación específica con la verdad a través de la franqueza, una cierta relación con su propia vida a través del peligro, un cierto tipo de relación consigo mismo o con otros a través de la crítica, y una relación específica con la ley moral a través de la libertad y el deber.(10)

Este modo discursivo se opone, según la caracterización de Foucault, a la retórica. Recordemos que en la retórica se encuentra el origen de la política, la jurisprudencia y la esfera social occidentales(11). El retórico, un hombre libre enfrentado a sus pares(12), emplea todos los recursos del lenguaje para exponer una cuestión que considera beneficiosa para el conjunto; con el fin de conseguir el apoyo general hacia su causa, puede omitir aquello perjudicial a su argumentación. En cierto modo, la parresía marca el límite absoluto de la verdad en el discurso. A partir de ella, cualquier argumentación tiende en mayor o menor medida hacia la irrealidad. Por tanto, la retórica como arte de la comunicación en sociedad puede ser tomada como el origen de la mentira en la esfera pública. Así, al menos, puede entenderse siguiendo a Nietzsche:

Pero, puesto que el hombre, tanto por necesidad como por aburrimiento, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz, y conforme a éste, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese enigmático impulso hacia la verdad. Porque en este momento se fija lo que desde entonces debe ser verdad, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de la verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.(13)

Ante el ‘tratado de paz’ de la retórica, el parresiastés, aquel que argumenta en parresía, expone sus argumentos desde sí mismo, mostrando su posición en el mundo y su postura discursiva, sin ocultar nada y sin tener en cuenta el perjuicio que puedan obtener él mismo o los interlocutores mediante su exposición. En este punto, resulta destacable que las prácticas activistas y artísticas que hemos señalado al comienzo de esta sección fuercen irónicamente a una situación de parresía a sujetos potencialmente mentirosos, como G.W. Bush u otros candidatos a la presidencia de los Estados Unidos.

En su seguimiento del caso Eichmann y, sobre todo, en su texto Verdad y política(14), Hannah Arendt expuso cómo la mentira pasó de ser una cuestión relacionada con el secreto de estado, oculto pero desvelable —y que por tanto ofrecía algo contra lo que luchar—, a un nuevo estadio en el cual lo irreal y lo equívoco se exponen públicamente. En esta apertura hay una pérdida de la capacidad de desvelamiento que impide la actuación específica sobre la causa del embuste, el cual queda indisolublemente entramado en el tejido social. Este análisis de Arendt sobre el proceso de publicitación de la mentira política a través de los medios de comunicación, que la asienta en la esfera pública creando un simulacro de lo real que sustituye a lo real mismo(15), puede ser tomado como uno de los primeros reconocimientos del régimen de ‘posverdad’.

Arendt, además, analiza las consecuencias de este nuevo régimen de verdad para la historia. Mientras que la mentira ‘tradicional’ estaba dirigida a un fin específico y personal, y no a toda la sociedad, la mentira ‘moderna’ se dedica a manipular la opinión masiva, eliminando directamente las fuentes de la historiografía. Los hechos historiados, que ya no son reales sino aparentes, sustituyen completamente a los hechos de facto. Así, la diferencia entre la mentira tradicional y la mentira moderna supone la diferencia entre ‘el ocultamiento y la destrucción’ de la verdad histórica. Esto resulta obvio en el actual régimen de comunicación, en el que es difícil distinguir entre realidad y ficción. Quizá la única diferencia entre la mentira moderna en Arendt y la ‘posverdad’, sea el reconocimiento explícito en la segunda de que la ficción de la historia está tanto o más condicionada por los afectos y las emociones subjetivas que por la capacidad de control de los aparatos de estado. Y así, tanto el arte como la política actúan en consecuencia.

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(1) Yes, Bush Can [Página web]. Disponible en: <http://yesbushcan.com.yeslab.org/act.shtml>.

(2) Billionaires for Bush [Página web]. Disponible en: <http://www.billionairesforbush.com/vision.php>.

(3) Para ampliar información, revísese, por ejemplo, RAMÍREZ BLANCO, Julia. Utopías artísticas de revuelta. Claremont Road, Reclaim the Streets, la Ciudad de Sol. Madrid: Cátedra, 2014.

(4) Véase El Objetivo. La Sexta. Atresmedia (2 de diciembre de 2016). Objetivo: mentiras [Archivo de vídeo]. Disponible en: <http://www.atresplayer.com/television/programas/el-objetivo/temporada-5/capitulo-12-objetivo-mentiras_2016120200706.html>. Véase también KEYES, Ralph. The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life. Nueva York: St Martin’s Press, 2004.

(5) DERRIDA, Jacques. Historia de la mentira: Prolegómenos [en línea]. Girona: El flâneur assegut, s.d. (1995) [consulta: 6 de febrero de 2017]. Disponible en:

(6) Puede encontrarse la definición kantiana de mentira en su polémica con Benjamin Constant. Véase KANT, Immanuel. “Acerca de un pretendido derecho a mentir por filantropía”. En GARCÍA, Eloy (ed.). ¿Hay derecho a mentir?. Madrid: Tecnos, 2012 (1797), p. 29.

(7) Percíbase la diferencia entre la producción generalizada de la mentira que antes comentábamos, y su aceptación social. Mientras la primera solo conduce a una explicación falaz del régimen de comunicación actual, la segunda ofrece un enfoque sobre las causas del mismo que no democratiza per se la responsabilidad en el proceso. El “hombre” —el ser humano, en general— no sería la causa única de la injusticia social, y por tanto el responsable directo, sino que aceptaría por comodidad o ignorancia sus consecuencias; con esta argumentación las responsabilidades no quedan igualadas de partida.

(8) NIETZSCHE, Friedrich. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento. Madrid: Tecnos, 2012 (1873), p. 25.

(9) Ibídem, pp. 25-33.

(10) FOUCAULT, Michel. Discurso y verdad en la antigua Grecia. Barcelona: Paidós, 2004 (1983), p. 46.

(11) Asimismo, en la demarcación teórica de los límites entre poesía y retórica se encuentra una de las bases del concepto de arte occidental.

(12) No podemos olvidar que, según los textos clásicos y el análisis de Foucault, es condición necesaria para la práctica de la parresía poder formar parte de la vida política. Esto suponía, por ejemplo, ser libre y no esclavo, ser hombre y no mujer, estar liberado del trabajo manual. Véase FOUCAULT, Michel. Op. cit., p. 44.

(13) NIETZSCHE, Friedrich. Op. cit., pp. 24-25.

(14) ARENDT, Hannah. Verdad y política [en línea]. Valladolid: DDOOSS, s.d. (1967) [consulta: 6 de febrero de 2017]. Disponible en: <http://www.ddooss.org/articulos/textos/Hannah_Arendt.htm>.

(15) Véanse los comentarios de Jacques Derrida sobre Hannah Arendt en DERRIDA, Jacques. Op. cit., p. 6.

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Imagen: LGagnon, Billionaires For Bush (Counter) Protest, 2007. (CC BY-NC-SA 2.0)