Sobre el simulacro, los hechos alternativos y la mentira (I) | Prólogo

Sobre el simulacro, los hechos alternativos y la mentira‘ es un artículo/ensayo en cuatro capítulos que toma el concepto de ‘posverdad’ (post-truthcomo punto de partida para explorar ciertos indicios y genealogías que permitan interpretar cómo los ingredientes de este nuevo régimen se encuentran ya presentes en ciertas prácticas artísticas contemporáneas, así como en los discursos teóricos que las rodean. Para ello abordaremos tres conceptos que forman parte de la propia condición de ‘posverdad’: el simulacro, los hechos alternativos y la mentira, abriendo un espacio de posibilidades desde el que ensayar aproximaciones alternativas a tal cuestión.

I. Prólogo

 

Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo.
                                                                                              Puedes engañar a algunos todo el tiempo.
                                                                                                    Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Supuestamente (1), Abraham Lincoln

En los últimos tiempos ha aparecido con fuerza el término ‘posverdad’(2), un neologismo surgido de las ciencias políticas que ha sido rápidamente absorbido por los medios de comunicación, pasando de un ámbito especializado a la esfera pública.

Si bien a finales de los años 60 ya se encuentran indicios de un cierto ambiente de ‘posverdad’ —coincidiendo con la guerra de Vietnam, el Watergate y la incorporación de la TV en el espacio doméstico—, es en la última década del s. XX cuando el concepto empieza a tomar forma. A partir de los años 90, acontecimientos como el final de la Guerra Fría, la reorganización del sistema capitalista, la primera guerra del Golfo, y la revolución de los sistemas de comunicación digitales, precipitan un conjunto de cambios en el propio concepto de verdad y en sus usos e instrumentalizaciones políticas que conducen, irrevocablemente, a una modificación de su percepción a nivel popular.

Es en este contexto que la verdad empieza a perder autoridad ante una creciente legitimación colectiva —aunque sea de modo inconsciente— de la manipulación y la falsedad. Una transformación progresiva pero incesante que cristalizará en la época contemporánea con la aparición de los nuevos populismos políticos, las sociedades de control y la ubicuidad de las redes sociales — manifestándose de forma paradigmática en el proceso británico hacia el Brexit y la campaña de las últimas elecciones presidenciales en EE.UU.

La observación de estos fenómenos de naturaleza sociopolítica permiten constatar que, en la actualidad, la multiplicación de noticias y datos falsos procedentes de fuentes imprecisas, ha trascendido tanto la tradicional ocultación partidista de la verdad como los territorios propios de la sátira política. La falsedad se ha convertido no sólo en espectáculo mediático sino, sobretodo, en un agente decisivo en la formación de subjetividad, incidiendo profundamente en los horizontes políticos y sociales.

Si, bajo este nuevo régimen, ‘los hechos objetivos son menos influyentes en la creación de opinión pública que la apelación a la emoción y a las creencias personales’ (3), la ‘posverdad’ engloba, así, un conjunto de mecanismos de construcción de realidades que actúan camuflados bajo la forma de verdad. Unas realidades que devienen verídicas siempre y cuando sean percibidas como verdaderas y haya una masa crítica dispuesta a refrendarlas —una práctica que el campo de la publicidad lleva implementando sistemáticamente desde hace décadas y que ahora se ha transferido a la esfera política.

Pero no solo la clase dirigente ha sabido capitalizar el descrédito de los hechos reales en favor de unos mensajes ’emocionales’ más efectivos, sino que el giro comercial de cierta parte de los medios de comunicación ha sido decisivo para implementar este régimen. La paradoja que aquí reside es que gran parte de los medios son, a la vez, cómplices de la economía de la ‘posverdad’ y jueces de esas mismas malas prácticas. Un contrasentido que no deja de ser un síntoma evidente de su propia pérdida de ‘voz crítica’; una pérdida de sentido crítico agudizada por la desconfianza derivada de su misma ‘condición de institución’(4).

En el escenario actual, parece, pues, manifiesto que el sistema colectivo de valores se ve continuamente moldeado por un uso sumamente instrumentalizado de la subjetividad. Simultáneamente, la proliferación de medios digitales con clara vocación ideologizante, unos contenidos online filtrados según los intereses personales —la filter bubble—, y la gran facilidad de viralización en las redes sociales, convergen hoy en un mismo punto para crear unas circunstancias ideales en las que cada sujeto encuentre su mensaje perfecto en un ecosistema autorreferencial; un ecosistema que tiene hacia la supresión del debate debido a una creciente apelación a los afectos, las creencias y las emociones del usuario. Y es aquí donde se produce una segunda paradoja: la democratización de la distribución del capital informativo no propicia una mayor pluralidad discursiva ni una ampliación de las narrativas críticas. Por el contrario, la masificación informativa y la construcción de realidades customizables contribuyen a la desinformación generalizada. En tal conjetura, si los hechos deseados no existen, son inventados, aunque sea en detrimento de la veracidad y en favor de una verosimilitud inapelable.

Este régimen representativo —que opera no sólo en la dimensión política y ética sino también en la estética—, se ve caracterizado por una disolución evidente de los límites de la verdad. Es aquí decisivo subrayar, que la relación ambivalente que el sujeto y el medio social han mantenido frente a la condición de lo real y lo verdadero, ha sido una cuestión abordada de forma recurrente desde la teoría crítica, la estética y las prácticas artísticas durante las últimas décadas. Son de sobra conocidos los estudios al respecto de, por ejemplo, la Escuela de Frankfurt o Guy Debord (5), entre otros. Es en estos ámbitos donde encontramos las claves que nos permiten analizar el concepto de ‘posverdad’, poniéndolo en relación con discursos, narrativas e ideas planteadas desde otras disciplinas fuera de la teoría política y las ciencias de la comunicación.

Tomando el concepto de ‘posverdad’ como punto de partida, este artículo/ensayo pretende explorar, desde una perspectiva crítica, ciertos indicios y genealogías que permitan interpretar cómo los ingredientes de este nuevo régimen se encuentran ya presentes en ciertas prácticas artísticas, así como en los discursos teóricos que las rodean. No pretendemos construir un contradiscurso, sino más bien identificar correspondencias entre las condiciones políticas y las estéticas. Para ello abordaremos tres conceptos que forman parte de la propia condición de ‘posverdad’: el simulacro, los hechos alternativos y la mentira. Tras revisar brevemente su teoría, estos conceptos se complementarán con casos de estudio que pertenecen a la esfera de las prácticas artísticas contemporáneas.

En este marco, la potencialidad de trabajar a partir del estudio de ciertas prácticas artísticas responde a la propia condición del arte. Si por un lado éste posibilita la interpretación, desconstrucción y representación de lo real-sensible con independencia de una adscripción disciplinaria(6), por el otro muestra una vinculación indisoluble con la esfera política mediante su participación directa en el régimen estético(7). Bajo estos principios, las prácticas artísticas devienen un espacio destacado desde el que ensayar una aproximación alternativa a la ya proclamada ‘era de la posverdad’.

En los próximos capítulos se atenderá a los conceptos del simulacro, los hechos alternativos y la mentira tanto desde el punto de vista teórico como mediante la elección de casos de estudio extraídos de las prácticas artísticas contemporáneas. 

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(1) No existe evidencia directa de que esta frase fuese realmente dicha por Abraham Lincoln. Véase BOLLER, Paul F.; GEORGE, John. They Never Said It. A Book of Fake Quotes, Misquotes, and Misleading Attributions. New York: Oxford University Press, 1989, p. 88.

(2) Del inglés post-truth. El término fue elegido palabra del año 2016 por los Oxford Dictionaries. Véase Oxford Dictionaries (diciembre de 2016). Post-truth. Word of the year 2016 [Página web]. Disponible en: <https://en.oxforddictionaries.com/word-of-the-year/word-of-the-year-2016>.

(3) Véase Oxford Dictionaries (diciembre de 2016). Post-truth. Word of the year 2016 [Página web]. Disponible en: <https://en.oxforddictionaries.com/word-of-the-year/word-of-the-year-2016>.

(4) Desde la crisis de 2008 cualquier institución —sea del tipo que sea— genera sospecha y desconfianza.

(5) Véase BENJAMIN, Walter. La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica y otros textos. Buenos Aires: Godot, 2012 (1936); DEBORD, Guy. La sociedad del espectáculo. Valencia: Pre-Textos, 1999 (1967).

(6) Desde este punto de vista independiente puede realizarse un análisis crítico más libre que aquel realizado por los sumamente dependientes medios de comunicación, o que aquel otro llevado a cabo bajo los supuestos de la teoría académica. Sin embargo, resulta de gran importancia matizar que esta libertad, obtenida por el medio artístico al operar en un ámbito normalmente tomado como autónomo, también conlleva una pérdida de su poder actuante. Resulta discutible, por supuesto, la independencia del medio artístico. Para ello, véase BURGER, Peter. “The Negation of the Autonomy of Art by the Avant-garde” en BISHOP, Claire (Ed.). Participation. Cambridge: Whitechapel y The MIT Press, 2006 (1974), pp. 46-53.

(7) RANCIÈRE, Jacques. El reparto de lo sensible. Estética y política. Buenos Aires: Prometeo, 2014.

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Imágen: postpostpost