Hablar del archivo desde el archivo

En La Virreina, el pasado jueves 9 de abril, se inició un workshop sobre el archivo llamado “Taller Archivar”. La primera conferencia, “Archives, Power, Truth”, fue a cargo de la profesora Joan M. Schwartz, y las demás, calmadamente, se presentarán en junio y octubre de este año. El organizador de este taller es Jorge Blasco Gallardo, escritor y comisario, director del proyecto Culturas de archivo y participante de otros proyectos alrededor de este dispositivo, como Territorio Archivo.

La profesora Schwartz, antes de ser profesora universitaria, fue especialista en adquisiciones fotográficas de los Archivos Nacionales del Canadá durante más de veinte años. Como dijo el propio Jorge Blasco en la presentación, esta archivera canadiense ostenta una posición relevante en puestos de decisión sobre las dinámicas del archivo: es miembro de la Real Sociedad Geográfica Canadiense y de la Sociedad de Archiveros Americana. Esto es importante, así como saber que su acceso al cosmos del archivo fue a través de la fotografía.

En su presentación, de un modo breve pero muy interesante, Schwartz hizo un paralelismo entre tres dispositivos de objetivación en la cultura europea y occidental: el mapa, la fotografía y el archivo. Bajo el epígrafe “la astuta retórica de la neutralidad” recordó la tendencia a la idealización que conllevan las tres técnicas, y el vínculo entre ellas a través de su creación y reproducción técnicas. La archivera señaló un poco más adelante cómo la aparición pública del daguerrotipo y la primera legislación sobre los archivos —de la mano del conde Charles Marie Tanneguy Duchâtel, que fue ministro del interior francés desde 1840 a 1848, durante la Monarquía de Julio— son eventos coetáneos. De este modo, ambas tecnologías, fotografía y archivo, quedan indisolublemente ligadas desde sus inicios, y a su vez no pueden disociarse del empuje enciclopédico de la Ilustración.

Pero esto no sería tan interesante si las relaciones fotografía-archivo no continuasen más allá de la mera coincidencia de orígenes. Estos dos dispositivos tienen la propiedad de “fijar un momento en el tiempo”. Es también posible hablar de ellos mediante metáforas de la memoria y el espejo —artefacto cuyo perfeccionamiento último, el plateado del vidrio, también es coetáneo a la aparición de la fotografía.

La presión de la ciencia por ordenar la naturaleza hizo que el archivo como dispositivo ordenador fuese tomado como un método “natural”, “orgánico”, con el que clasificar la naturaleza desde sus diferentes aproximaciones. La fotografía, en cuanto se popularizó, fue la herramienta perfecta para dar cuenta de los objetos a clasificar. Se convertía así en el “lápiz de la naturaleza”.

La visión ocular cambió con la llegada de la fotografía, como ha sido tantas veces dicho. Esta segunda servía —y sirve aún hoy— como documento, como visión espacial y a distancia de la realidad. Preserva, superando a la muerte. Se puede copiar, ayudando a (re)crear imágenes nacionales, coloniales, de poder y dominio. Todo ello bajo una doble autoridad: la que otorga la precisión de su imagen y la que le viene dada por su origen científico a través de la física, la química y la matemática. Estas características, que le dan a la fotografía su aspecto veraz, coincidieron en ella justo en el momento de despegue de la ciencia como nuevo regente cosmológico —coincidiendo también con el momento de la duda sobre la percepción sensorial humana. Fue, en palabras de Joan M. Schwartz, el tiempo de la “inexpugnable y no mediada veracidad”. Esta búsqueda de la certeza es compartida por el archivo. La fotografía se convirtió en la piedra angular del impulso archivístico, junto a la taxonomía.

En su presentación, Schwartz señalaba igualmente que los archivos no albergan objetos, sino sus representaciones o imágenes. La memoria no puede ser almacenada en un archivo, sino que es hecha y rehecha en su interior. Por ello hoy en día ya no se cree inocentemente en el poder del archivo. Su honradez ha quedado en entredicho, sobre todo en la archivística más reciente, dependiente de las bases de datos, de las tecnologías digitales y de las redes de comunicación. Los archivos actuales ya ni siquiera contienen imágenes, sino imágenes de imágenes. El enorme poder del dispositivo-archivo en la creación de identidades y en la elaboración de narraciones condicionadas está cada vez más a la vista.

Actualmente la archivística, que se ha desarrollado enormemente en las últimas décadas debido a los avances tecnológicos, se enfrenta a más problemas que nunca. No solo tiene que lidiar con las cuestiones de sesgo, determinismo y exhaustividad tradicionales, sino que debe abordar problemas de traducción y conservación que todavía se están comenzando a revelar. Digitalizar el pasado es un problema, pero ¿cómo conservar el presente digital? Este problema será cada vez más y más central para los archiveros de ahora y de dentro de poco. ¿Cómo lidiar con la “saturación de información” [1]?

El punto más interesante de la presentación de la profesora Schwartz fue señalado por Jorge Blasco desde el comienzo: es y ha sido archivera. Ella misma apuntó hacia las ventajas de analizar la tarea del archivo desde nuevos enfoques, como la teoría de la performatividad o la del actor-red. Sin duda estas aproximaciones tienen mucho que decir sobre el archivo, sobre cómo en su interior se interrelacionan poder y conocimiento, ofreciendo al exterior un relato con apariencia de verdad. No obstante, el discurso sobre el archivo está repleto de voces externas: teóricos de la ciencia, científicos de las humanidades, historiadores, artistas y otros agentes se han dedicado a tratar del archivo como como “objeto teórico” [2]. Estas figuras, a pesar del interés de sus razonamientos, tienden a mostrar una parte del asunto, que tiene que ver más con la del usuario que con la del archivero.

¿Qué tienen que decir los archiveros sobre el archivo? Están atentos a lo que se dice sobre su práctica desde fuera, y poseen la capacidad teórica suficiente para elaborar su propia teoría del archivo desde el archivo. Tal vez ellos, conociendo todas las partes, puedan superar la estetización del dispositivo derivada de la práctica artística archival, o aprovechar positivamente la ficcionalización puesta en relieve por la(s) teoría(s) crítica(s). O al menos revelarlas de un modo consciente y recursivo, aplicándose en nuevas metodologías y enfoques. La profesora Schwartz citó unas cuantas de estas aproximaciones al archivo desde dentro, mediante el listado de teóricos y keywords que reproducimos en la imagen que acompaña a este artículo —para quien quiera profundizar en el tema.

La relación del archivo con el últimamente tan comentado régimen de “posverdad” también fue apuntada por la profesora Joan M. Schwartz. En el ámbito de la “saturación de información” en el que el dispositivo-archivo —y todo lo demás— está funcionando hoy, este parece un lugar adecuado para estudiar cómo la manera de denominar a las cosas ejerce un poder de acentuación y marginación muy importante. Un buen ejemplo serían las keywords. No solo son índices y continentes de información semánticamente problemáticos, sino que la tecnología que nos las muestra, las ordena de modo lineal y predeterminado. Aunque sea involuntariamente, el empleo de keywords crea relatos aleatorios jerarquizados, que eliminan la búsqueda personal y la deriva libre.

La presentación terminó con una cita del “futurista” Alvin Toffler: si estar cuerdo supone distinguir lo real de lo irreal, “pronto necesitaremos una nueva definición de cordura” [3]. El archivo, como entremedio entre lo verdadero y lo falso, es un campo de estudio privilegiado.

 

[1] Toffler, Alvin. Future Shock. Nueva York: Random House, 1970, pp. 350-354.

 

[2] Bal, Mieke. Conceptos viajeros en la humanidades. Una guía de viaje. Murcia: CENDEAC, 2009, p. 239.

 

[3] Toffler, Alvin. Future Shock. Nueva York: Random House, 1970, p. 236.

 


 

Taller Archivar

Próximas sesiones: 8 de junio (Ramon Alberch y Eric Ketelaar) y 10 de octubre (K. J. Rawson)

La Virreina: La Rambla, 99

 

Imagen: Imagen de portada, © Courtesy Struanfoto; resto de imágenes, Pablo Santa Olalla