La vida de la fotografía de Joan Fontcuberta

Hace pocas semanas fui invitada a impartir una clase de historia de la fotografía en la Universitat de Barcelona. Como la clase se incluía dentro de la asignatura “Lenguajes artísticos”, una de las cuestiones que debía resolver fue la de concretar cuáles son los elementos básicos que particularizan el lenguaje fotográfico. Después de un pequeño debate en el que conversamos sobre reproductibilidad y memoria, concluimos que ‘luz y tiempo’ era la respuesta más acertada. Lo que en aquel momento no tuve tiempo de explicar es que la luz y el tiempo, que efectivamente son dos elementos imprescindibles en la fotografía, no sólo intervienen en el proceso de creación, sino que siguen afectando a la imagen fotográfica a lo largo de su finita existencia pues, como deberíamos saber, ni las mejores condiciones de conservación consiguen que las fotografías dejen de envejecer y se deterioren hasta desaparecer.

Así, la luz que penetra el objetivo de la cámara y el tiempo que transcurre durante la acción de “captura” dan lugar al nacimiento de una imagen que evolucionará hasta su muerte condicionada, a la vez, por los efectos de la luz y el tiempo, que operan trasformaciones físicas, alterando los pigmentos químicos y el material del soporte, pero también transformaciones conceptuales hasta el punto de dar lugar a nuevas imágenes.

Esta manera de entender la fotografía dentro de un ciclo biológico es la que prescribe Joan Fontcuberta en su último trabajo, Trauma, expuesto actualmente en la galería àngels barcelona. La muestra recoge los resultados de la investigación del artista en los fondos del Arxiu Fotogràfic de Barcelona y en el suyo propio al encuentro de imágenes físicamente afectadas por el paso del tiempo, la luz y otros agentes corrosivos.

Las imágenes, que ya no muestran la escena frente a la que el fotógrafo se situó con su cámara en el momento de la captura, han dado lugar a una nueva imagen, más abstracta, que se ofrece más fácilmente al juego de la pareidolia (más conocido como encontrar formas reconocibles e identificables en, por ejemplo, las nubes).

Fontcuberta, que ha trabajado en los últimos años alrededor del impacto de la fotografía digital en la sociedad y en el mundo del arte, tanto desde su faceta de teórico como de artista, vuelve ahora su mirada hacia la fotografía analógica para hablarnos de sus enfermedades justo en el momento en el que esta parece más cerca que nunca de su muerte. Aunque si nos fijamos atentamente, el artista no ha cambiado en ningún momento su discurso, puesto que esta forma de mostrar cómo las imágenes deterioradas pueden convertirse en una nueva imagen no es más que otra manera de evidenciar algo que ocurre en toda fotografía, analógica o digital, y que él mismo siempre ha defendido: el significado de una fotografía depende de quien la observa. Así, la destreza del artista nos alerta una vez más sobre la capacidad de la fotografía para funcionar como vehículo de significados dispares, que dependen mucho más del background cultural y la experiencia vital del espectador que del objeto de la imagen.

En este sentido podemos explicar la fotografía como un lenguaje perteneciente a la esfera del simulacro. Dado que mantiene una relación directa con la realidad pero bajo un nuevo sistema o código propio, en el que intervienen cuestiones como la perspectiva o el encuadre pero también el contexto en el que se realiza y es presentada, el objeto en la fotografía alcanza la categoría de signo sin significante que renegocia los límites de lo real.

Con este nuevo trabajo, pues, el artista nos vuelve a lanzar el mensaje que ha estado en la base de su producción desde los años setenta: que la fotografía miente y que la responsabilidad de su mensaje queda en manos de los interlocutores, o como el propio Fontcuberta explicó en 1997:

‘Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera. Contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente siempre, miente por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa. Pero lo importante no es esa mentira inevitable. Lo importante es cómo la usa el fotógrafo, a qué intenciones sirve. Lo importante, en suma, es el control ejercido por el fotógrafo para imponer una dirección ética a su mentira. El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad.’

Y no sólo miente ahora, después de Photoshop y todo lo demás, sino que ha mentido siempre. Ahora que por fin se ha establecido la desconfianza popular en las imágenes, que se ha extendido la conciencia sobre las estrategias de manipulación que desde estas se puede ejercer, Joan Fontcuberta nos invita a un ejercicio de historia para advertirnos que esto no es nada nuevo, que simplemente éramos nosotros los que no nos habíamos dado cuenta.

 

Joan Fontcuberta. ‘Trauma’ 

Hasta el 3 de febrero, 2017

àngels barcelona: Pintor Fortuny, 27, Barcelona – de lunes a viernes 10:30 a 19h; sábados con cita previa

 

Foto: Joan Fontcuberta, “Trauma #2897”, 2016. Cortesía àngels barcelona.