A propósito de ‘El Gran Tour’, el turismo como síntoma

‘El analfabeto clásico no sabe leer ni escribir. Tiene, por tanto, que contar cosas. Contar cosas es el comienzo de la literatura. El analfabeto moderno sabe leer y escribir. Pero ya no es capaz de contar cosas. Se ha convertido en un consumidor atolondrado’.

Con estas palabras arranca Elogío del analfabeto (1986), un texto de Hans Magnus Enzensberger en el que el ensayista alemán esbozaba la figura del ‘analfabeto secundario’. Por aquel entonces el mundo estaba dividido en dos bloques, los vuelos low-cost no existían y al capitalismo le quedaban algunos capítulos para tomar las derivas actuales.

El ‘analfabeto secundario’ se presentaba, así, como el paradigma de una sociedad capitalista cada vez más concentrada en el consumo, el espectáculo y el entretenimiento que, lejos de ser emancipatoria, producía seres anestesiados dentro de sociedades aparentemente libres. De acuerdo con estos principios, y dejando de lado avances de carácter tecnológico, el turismo -igual que la televisión- encarnaba la máxima capitalista de creación de deseos y necesidades a través de formas de consumo placenteras e instantáneas.

En pocos años se sucederían cuatro giros fundamentales que ayudarían a dibujar un nuevo contexto: la hiperrealidad; la economía de la experiencia; la globalización; y el mandato de una nueva clase global: los inversores. Cuatro elementos que formarían parte de la condición neoliberal que dominaría cualquier resquicio de la esfera pública y privada hasta nuestros días.

Disneyland, Las Vegas, Dubai, Photoshop y la realidad aumentada, se alzarían como máximos exponentes de la hiperrealidad, un paradigma -con aires distópicos- en el que la realidad -liberada de referencias contextuales- sería reemplazada por un mundo simulado que respondería, con mayor eficiencia, a los deseos y necesidades del sujeto-consumidor. Al ya mermado espíritu crítico de la época anterior, se le añadía ahora la dificultad de distinguir la realidad de la ficción en la percepción de las experiencias. La economía de la experiencia, por su parte, se encargaría de crear una oferta y una demanda de deseos inmateriales, infinitos y macroinstantáneos que tuviera en la obtención de experiencias memorables su pilar maestro; en este contexto, si la experiencia no era satisfecha, el producto sería automáticamente substituido por otro.

Y desde entonces hasta hoy. Pongan todos los ingredientes juntos, sacúdanlos con garbo y tendremos el cóctel perfecto. Lo llamaremos turismo de experiencias simuladas’, un producto de consumo global en constante renovación que funciona como un felino depredador o una planta invasora. Un término delirante que no por ello deja de ser menos real. Hoy no solo se trata de viajar para conocer las realidades de otras geografías; se trata de vivir experiencias excepcionales y únicas disponibles los 365 días del año, que además se adapten -a la carta- a nuestros deseos -y expectativas- también únicos. Aunque tales experiencias, fabricadas por la industria del ocio, en muchas ocasiones poco tengan que ver con la realidad del lugar donde viajamos.

Curiosamente, la sublimación del turismo en el contexto neoliberal, a la vez que ha segmentado el mercado en una oferta infinita, ha propiciado una tendencia hacia la homogeneización de los espacios de consumo, que se observa en la escenificación de las ciudades como territorios del déjà vu -tendencia que se evidencia en la cultura del centro comercial, del parque temático y del McDonalds. Los lugares turísticos se ven ‘obligados’ a satisfacer las expectativas del turista-consumidor y ‘parecerse’ cada vez más a la imagen que de ellos se espera encontrar. Igual que el ‘analfabeto secundario’, que desconocía su propia condición instrumentalizada al servicio del poder de turno, el ‘turista de experiencias simuladas’ también vive una impostura.

Con las ruinas del turismo de masas arranca ‘El Gran Tour’ de Sant Andreu Contemporani, una exposición colectiva a cargo de Beatriz Escudero, en la que viajaremos por parques temáticos, arqueologías posmodernas, simulacros distópicos, cuadernos de viaje, mapas, recuerdos y carreteras de la información. La muestra, que parte de la selección de diez proyectos artísticos presentados en el Concurs d’Arts Visuals Premi Miquel Casablancas, incluye obras de Irene de Andrés, Joan Bennassar, Eriz Moreno, Guillermo Ros, Francesc Ruiz Abad, Clara Sánchez Sala, Mario Santamaria, Aldo Urbano, Pol Viladoms y Fluorescer, y ofrece un relato multicapa que tomo como excusa para emprender un viaje heterodoxo por algunos parajes del turismo neoliberal.

Pol Viladoms, Serie ‘No Water’, 2007-actualidad. Cortesía del artista

Ciudades gobernadas por tour operadores, colapsadas por masas de turistas que invaden el espacio público; siguen obedientes un recorrido que no se sale del guión; se mueven en manada a merced de un guía que, con el paraguas en alto, indica el camino y retransmite en directo las maravillas de la ciudad; entre empujones y prisas, miran el entorno a través de la pantalla del móvil; perciben el sonido del ambiente mediante sus audioguías; visitan los highlights de modo exprés, no hay tiempo para detenerse; en un rato hay que subir a bordo y seguir el viaje.

La banalidad del turismo de masas a través de la mirada irónica del fotógrafo Martín Parr, se vuelve más cruda cuando observamos la realidad sin filtros. Documentales recientes como El Síndrome de Venecia (2012), muestran la ciudad como un parque temático al servicio del monocultivo turístico y del capital global; las cifras de visitantes aumentan sin parar y la explotación turística sigue creciendo sin freno; mientras tanto los alquileres suben, los servicios básicos desaparecen y los venecianos se ven obligados a emigrar. Con un espacio público cada vez más privatizado -con el beneplácito de las administraciones competentes- hoy Venecia es un simulacro; poco queda de su carácter singular más allá de su decorado de cartón-piedra que lo acerca irreversiblemente a Disneyland

Venecia, no obstante, no es un caso aislado; forma parte de un proceso global de turistización que extiende sus tentáculos hacia todos los puntos del globo. De momento, la presencia cada vez mayor de documentales y proyectos artísticos que ponen de relieve la delirante explotación turística en ciertos enclaves, no deja de ser un síntoma de un cierto despertar colectivo. La mercantilización del espacio público alcanza altas dosis de cinismo en Em Busca de Um Lugar Comun (2011), un documental que muestra como aquellos turistas ávidos de experiencias ‘exóticas’ pueden contratar un tour que les conduzca por las favelas de Río de Janeiro, ahora convertidas en producto de consumo. El slum tourism, que se extiende hacia destinos tan dispares como Sudáfrica, Namibia, Kenia o India, configura hoy un verdadero parque temático fácilmente rentabilizable. 

Desde su popularización a mediados del siglo XX, el turismo ha mostrado una larga historia en matar a la gallina de los huevos de oro. Cuando el producto del deseo es consumido, hay que buscar un nuevo filón y volver a comenzar. Las obras de Irene de Andrés y Pol Viladoms, en muestra en ‘El Gran Tour’, nos advierten que la historia siempre se repite; el litoral está lleno de cementerios de óxido y hierro que la industria del ocio ha abandonado a su suerte cuando la explotación económica ha puesto su mirada en otros horizontes. 

De las ruinas de lo real a los paraísos del simulacro y las arquitecturas del copy&paste. La rápida alteración del entorno por los poderes económicos está provocando la desaparición de paisajes originales así como su creciente homogeneización. En distintas ciudades el paisaje urbano se estandariza hasta repetirse, eliminando espacios de memoria e identitad. En Permanent Vacation (2013), Joan Bennassar retrata el escenario hipersaturado de Tropical Island, un complejo vacacional, artificial y hedonista estilo Las Vegas, donde se ha creado una ambientación que emula una isla tropical. La función de estas réplicas es evidente: producir un efecto de ensoñación que provoque la suspensión del espacio y del tiempo necesarios para la apoteosis del consumo.

La réplica de ciudades europeas al servicio del turismo es un fenómeno al alza en China, donde se ha reproducido un Coliseum, una Torre Eiffel e incluso un Cadaqués. Igual que sucedió con los historicismos del siglo XIX, la apropiación de los iconos urbanos occidentales responde a una demostración de poder de la nueva potencia económica global. En La Substància, Lluís Galter filma el mundo fantasmagórico de Kadakaisi, una ciudad de vacaciones hecha a ‘imagen y semejanza’ de Cadaqués, que cuestiona los límites entre la realidad y la ficción. Quizá pronto ya no sea necesario desplazarnos para disfrutar de los hábitats originales cuando podamos replicarlos a pocos kilómetros de casa -aunque ello conlleve una independización del espacio geográfico y del lugar antropológico.

Bienvenidos a la ciudad como gran escenario que, instrumentalizada mediante el turismo, impone unos modelos sociales e ideológicos definidos por el neoliberalismo y la economía global. Hace poco, David Harvey visitaba Barcelona para inaugurar el festival de cine de L’alternativa 2016. Harvey planteaba como las derivas del turismo masivo en los espacios urbanos son consecuencia directa del ‘monopolio de la renta’, que moldea la configuración urbana y socioeconómica en aras a conseguir el máximo retorno de inversión -aunque ello comporte la destrucción de su hábitat y la imposibilidad de habitarlo. Bajo este paradigma, el turismo -y su consecuencia directa: la burbuja turística– proporcionaría el retorno más rápido y elevado de la inversión.

Hoy, el turismo ha creado una situación antagonista al bienestar de los ciudadanos. Harvey nos insta a despertar de la ensoñación para pensar nuevas formas de organización en la ciudad y rebelarnos colectivamente. ¿Qué ciudades queremos construir? ¿Y para quiénes? Esta rebelión no implica la renuncia al turismo, la cuestión que aquí se plantea es si queremos ciudades para vivir frente a ciudades para invertir. Es hora de decir ¡Basta! Aunque el reto que tenemos por delante no se presenta nada fácil.

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‘El Gran Tour’ 

Hasta el 15 enero, 2017
Sant Andreu Contemporani: Gran de Sant Andreu, 111, Barcelona – lunes de 16 a 22h; de martes a sábado de 9 a 14h y de 16 a 22h; sábados de 11 a 14h y de 17 a 21h

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Imágen de portada: Joan BennassarPermanent Vacation, 2013. Cortesía del artista