‘X-Ville’, cuando la utopía deviene realidad

‘Punto A: las utopías nacen de una insatisfacción colectiva. Punto B: las utopías sólo pueden surgir si hay una alternativa que acabe con tal insatisfacción. Punto C: una utopía es únicamente realizable si se cuenta con el consenso colectivo’.

Conciso y elocuente. Con la enunciación de estas tres premisas concluye ‘X-Ville’, el proyecto más reciente de Jordi Colomer (Barcelona, 1962) en el que el artista aborda los territorios de la utopia, esta vez desde su faceta menos programática. Presentado en el Centre d’Art Santa Mònica en el contexto de LOOP 2015, y tras un periplo de itinerancias por la Xarxa de Centres d’Arts Visuals de Catalunya, ‘X-Ville’ llega ahora al Centre d’Art Tecla Sala de l’Hospitalet.

Si en ‘L’avenir’ (2011) Colomer clavaba la mirada en el proyecto utópico de los falansterios de Fourier a través de un conjunto de vídeos dónde primaba la acción colectiva por encima de la palabra, en esta ocasión se sirve de los textos del arquitecto, urbanista y filósofo utópico Yona Friedman (1) (Budapest, 1923) para elaborar un ensayo fílmico que, sin renunciar a la acción, se despliega al ritmo de la narración durante sus 23 minutos de metraje.

Partiendo de fragmentos de Utopies réalisables (2) como marco teórico, y de los dibujos de Où commence la ville (3) como hilo discursivo, Colomer nos llama a repensar, en el aquí y ahora, la posibilidad de construcción colectiva de la ciudad; una ciudad con formas alternativas de articulación del tiempo y la vida, en la que los principios de humanismo, sostenibilidad y emancipación gobiernen las tentativas de organización ciudadana. Y lo hace en Annecy mediante la construcción de ‘X-Ville’, una suerte de ciudad anónima y flexible de la que todos nos podemos apropiar, resultante de un proceso de producción colectivo que trasciende toda lógica de la representación.

La aproximación crítica a la arquitectura desde el arte contemporáneo, y la recuperación de idearios utópicos como disrupción del status quo, ha gozado de un renovado revival en los últimos tiempos. Pero, ante el escenario apocalíptico actual, ¿Cobra sentido volver a la idea moderna de utopía para imaginar futuros possibles? ¿Hay que adaptarla al nuevo espíritu de los tiempos? ¿O se trata más bien de una quimera? Occupy Wall Street, el 15-M, las Primaveras Árabes… Según Friedman, una utopia necesita dos generaciones para ser realizada. Si las utopías se desvanecen con el fracaso del proyecto moderno, ¿Es, quizá, bajo el contexto del capitalismo agonizante y del individualismo como paradigma incontestable el momento clave para revisitarlas? A priori la temporalidad generacional parecería coincidir…

No es casual que, recién estrenado el siglo XXI, los dibujos que ilustran el corpus teórico de Friedman adquirieran un nuevo interés, y entraran a formar parte de los dos principales encuentros que marcan los devenires del arte contemporáneo: la Documenta 11 de Okwui Enwezor (2002), y la Bienal de Venecia de Hans-Ulrich Obrist (2003). En este último, y bajo el enunciado de ‘Utopia Station’, se tomaba el concepto de utopia como catalizador para crear, colectivamente, un museo flexible, móvil, y en transformación constante, dónde creadores de disciplinas diversas trabajaran conjuntamente para imaginar -bajo el espíritu del work in progress y el learning by doing– futuros posibles (y de paso, mejores). Una transposición, más o menos literal, de lo que Friedman ha escrito y dibujado sobre sus ‘ciudades utópicas’ durante toda su carrera.

Un año antes, en 2002, Friedman había participado en ‘Do It’, una exposición poco ortodoxa comisariada también por Obrist. Aquí, los artistas ponían a disposición del público instrucciones por escrito para que todo aquel que lo deseara pudiera producir, materialmente, sus obras. Friedman intervino con ‘To Build a City’ (2002), dónde invitaba a los interesados a dibujar la planta de su casa ideal y mandársela por email; el conjunto de los dibujos recibidos se instalarían en una cuadrícula, formando el plano urbano de la ‘Utopia-City’, o en otras palabras, la ciudad pensada y elaborada colectivamente. Desde ese momento, sus exposiciones no se han parado de suceder.

 

Pero volvamos a Colomer. Formado como arquitecto, artista e historiador del arte, su producción reciente viene marcada por la investigación del hecho urbano y la emancipación ciudadana. Partiendo de la base que la arquitectura influye en el comportamiento del sujeto, sus puestas en escena
videográficas están estrechamente influenciadas por el teatro expandido, la escenografía y la narración cinematográfica. Es precisamente esa interpretación de la ciudad como un gran escenario en el que nos movemos -posibilitador de subjetividades-, dónde reside la singularidad de su obra: “La arquitectura sugiere mundos posibles, modos de vida”, y va más allá, “la idea de decorado evoca la idea de una arquitectura provisional, en flujo constante, con usos abiertos, portátiles, con la que poder interactuar” (4). En cierto modo, parece que Colomer nos sugiera que “habitar el decorado”, tener la capacidad de modificarlo, es un acto con un fuerte componente político.

Quizá por ello los personajes en los vídeos de Colomer son también sujetos en tránsito; sujetos que remiten a la performance; que se mueven por espacios urbanos poniendo en crisis los límites entre la realidad y la ficción; que desempeñan acciones aparentemente absurdas; que evidencian las tensiones con el entorno que habitan. Y es en esa intersección entre lo real y lo ficticio dónde se inscribe ‘X-Ville’. El proyecto fílmico, resultado de un workshop de dos semanas con los estudiantes de la escuela de artes de Annecy y con la participación en abierto de los habitantes de la ciudad, se basó en la relectura conjunta de los textos de Friedman, para luego poner en práctica, mediante la acción colectiva, la construcción real de esa ciudad X imaginada y utópica hecha por y a medida de sus habitantes, y trasladada luego al espectador por mediación de la imagen.

Una voz en off recita frases de Friedman, acompañando las imágenes y marcando el tempo de la narración: ‘¿Qué es una ciudad? ¿Qué hacen sus habitantes?’ Los personajes se mueven, arrastran cartones, transportan agua, trabajan la tierra, intercambian mercancías, ponen a debate decisiones, vuelven a mover cartones: la ciudad nunca para, el bullicio de fondo en volumen ascendente. Asistimos a un work in progress continuo: el construir y habitar la ciudad en tiempo real; un construir y habitar guiado por la improvisación colectiva, donde el carácter efímero de lo escénico se pone de relieve por la iconografía y la precariedad de materiales con los que se interactúa. Aunque el carácter artificial de la escenografía responde a la necesidad de crear un espacio de representación simbólica -y en ese sentido una ficción-, es en la misma construcción de esa ciudad, de ese decorado, donde se produce el momento colectivo. Aquí no hay guión, no hay actuación, no hay performance; la situación creada, y que vemos en la pantalla, es real.

Si Friedman está convencido que la verdadera utopia es la realizable, para Colomer sin utopías no es posible vislumbrar futuros alternativos: “Hay que rechazar la idea que la utopía poco tiene que ver con la realidad”, afirma en la entrevista realizada por Diana Padrón que acompaña a la exposición. Las pretensiones universalistas parecen hoy destinadas al fracaso, y aunque a menudo resulte más sencillo imaginar nuevos paradigmas que transformar los existentes, tal vez no sea necesario hacer tábula rasa para pasar a la acción. Quizá la urgencia resida en abandonar las actitudes meramente discursivas y poner en práctica microutopías, que estén dotadas de posibilidades de incidencia real sobre el espacio en el que se inscriben. La misma producción ‘X-Ville’ se basa en tales principios, y en la medida que la construcción de la ciudad X posibilitó una experiencia colectiva, la utopía devino realidad.

Y pienso en las iniciativas cooperativistas, los proyectos autogestionados y el tejido asociativo. La utopia sigue vigente. Ahora tendremos que esperar qué nos prepara Colomer para la próxima Bienal de Venecia. De momento sólo conocemos el título: ‘Ciudad de bolsillo’. El tema promete.

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Jordi Colomer. ‘X-Ville’

29 septiembre, 2016 – 15 enero, 2017
Centre d’Art Tecla Sala: Avinguda de Josep Tarradellas i Joan, 44, L’Hospitalet de Llobregat – de martes a sábado de 11 a 14h y de 17 a 20h; domingos y festivos de 11 a 14h

Imágenes: Jordi Colomer‘X Ville’, 2015. Vídeo 23′. Cortesía del artista

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(1) Conocido sobretodo por el manifiesto de L’Architecture Mobile (1958)  y por ‘La Ville Spatiale’, Yona Friedman concibe la ciudad como un espacio de y para el habitante, con arquitecturas móviles que se adapten a las necesidades cambiantes del sujeto. Defensor de la autonomía, de la autoplanificación y la autoconstrucción, su visión utópica se mueve en el espectro de la participación directa y el empoderamiento colectivo.

(2) Utopies réalisables (1974) es el libro que representa de forma más exacta el espíritu y pensamiento teórico de Friedman. En él se describe el proceso de reestructuración de la sociedad de modo genuinamente democrático.

(3) Où commence la ville forma parte de una trilogía de libros pedagógicos que Friedman llamó Manuels. Publicados entre 1975 y 1992, traducidos a veinte lenguas y distribuidos por más de treinta países, los Manuels ilustran, mediante dibujos, mecanismos prácticos para la organización de la ciudad y el empoderamiento popular en el campo de la arquitectura y la planificación urbana. Où commence la ville se enmarca en el primer volumen, dónde se abordan cuestiones relativas al urbanismo, la ciudad, la naturaleza y la vivienda.

(4) ESPEJO, Bea. ‘Jordi Colomer: Desde fuera, el arte español simplemente, no existe’. El Cultural.  11/09/2009, p. 28-29.