Postconceptualismos en el Barcelona Gallery Weekend

En las prácticas conceptuales surgidas en los años sesenta las obras dejaron de tener la entidad material y única que tradicionalmente habían tenido a lo largo de la historia del arte. La documentación ilustraba un pequeño gesto, teórico o físico, mediante el cual se activaban discursos sobre asuntos tanto artísticos como relacionados con la sociedad u otros conocimientos. Esta sencillez ya no parece hoy posible. Se diría que las obras que hoy continúan trabajando en esa genealogía conceptualista multiplican sus capas o lecturas; cada una de ellas podría ser en sí misma una obra de los años setenta. Esta especie de saturación, que afecta tanto a la forma artística como al contenido, a lo constructivo como a lo literario de las obras, podemos adivinarla en dos excelentes instalaciones de dos artistas diferentes: The Rainbow Statement, de Lúa Coderch en el Club Billar Barcelona, y Restauro, del artista brasileiro Laercio Redondo en Ana Mas Projects. Ambas pueden visitarse en el Barcelona Gallery Weekend.

Lúa Coderch ha introducido en el oscuro sótano del club de billar un rayo de luz mediante un sistema de espejos. El haz es finalmente difractado por una regla de medir, produciendo un arcoíris. La instalación viene acompañada de un texto homónimo realizado por la artista, y de un audio, en los cuales se explicita el proceso de ideación y creación de la obra, añadiendo algunas referencias a relatos literarios. Este montaje gira en torno al arte de atraer la atención del público, situándola en el lugar deseado mediante la orientación de sus percepciones y razonamientos. La lectura en frío, el argumento arcoíris o el truco de prestidigitación se unen aquí para conducir al público hasta una pequeña mancha tornasolada en una pared blanca. Como indica Coderch en el texto que acompaña a esta instalación, la percepción de cada espectador de ese arcoíris artificial puede no ser la misma. Múltiples capas se aúnan aquí para explicar de manera compleja el contenido de la obra.

Laercio Redondo realiza una crítica, también multicapa, de los imaginarios históricos creados por la arquitectura y el diseño urbanos de ciudades brasileiras como Brasilia o Rio de Janeiro. Mediante instalaciones que remiten a la arquitectura y al diseño de interiores, empleando proyecciones, transparencias, superposiciones y juegos de escala, introduce al espectador en el ambiente adecuado para que éste pueda apreciar la sensación que producen estas arquitecturas, que todo un país ha convertido en parte de su historia nacional. Un vídeo a caballo entre el ensayo, el documental y el relato histórico narra la historia vital de la arquitecta Lota de Macedo Soares. A través de dos de sus principales obras, el Parque do Flamengo y la Casa Samambaia, en Rio, se nos introduce en una historia de decadencia personal que se superpone y contrasta con el discurso alcista nacional del que su arquitectura forma parte. Al mismo tiempo, serigrafías sobre madera, tejidos y estampados a modo de mural sobre una pared blanca nos acercan al personaje de Athos Bulcão, también arquitecto, cuyo trabajo en Brasilia remite, como el de Lota de Macedo, al proceso de construcción de una historia nacional no exenta de dobleces y problemas de escala.

Traigo a colación estas dos instalaciones para realizar una reflexión, corta y poco trabajada, sobre su modo de expresión. Ambas pueden situarse en una línea temporal que parte de las prácticas llamadas conceptuales de los años sesenta y setenta, y que finaliza con esta especie de arte postconceptualista tendente a la saturación del discurso que parece dominar creación artística actual. Quisiera, sin embargo, apuntar hacia algunas trazas de prácticas conceptualistas simples y directas que es posible encontrar todavía. En la exposición The Language Games, en el espai2 de Àngels Barcelona, pueden verse dos obras: Theory of Evolution, de Jaime Pitarch, y The History of Religions Series, Monoteísmo, Ateísmo, Politeísmo, de Esther Ferrer. Sin duda ambas trabajan desde la sencillez gestual, y por ello pueden incluirse en una exposición colectiva rodeadas de diferentes trabajos.

Jaime Pitarch, con humor e ironía, nos ofrece una línea temporal desviada, tanto en forma como en contenido, de la evolución de los seres vivos desde la creación del universo. La obra de Pitarch posee un lugar destacado en el centro de la sala. Consiste en una espiral de productos de limpieza que relata la formación del universo, del sistema solar y la Tierra, la aparición de los dinosaurios y su extinción, así como el dominio de los mamíferos en el globo. En un sencillo juego, la ciencia y sus narraciones son tomadas como una construcción del conocimiento fortuita e inestable, como una broma cargada de verdad sobre esa cosmología única e inamovible que la modernidad nos ofrece.

Esther Ferrer presenta, dentro de tres marcos compuestos por alfabetos dorados desordenados, tres jeroglíficos alrededor de las principales tendencias religiosas que el hombre ha practicado en su historia. Como en el trabajo de Pitarch, la ironía y el humor juegan un papel principal, tanto en la presentación como en el contenido de la obra. El título de la misma, “historia de las religiones”, invita al espectador a tomarse como una broma cualquier discurso humanista sobre los sistema de creencias. El pequeño guiño, un poco tonto, de crear un pasatiempo con objetos cotidianos –cuyo contenido, sin embargo, se vuelve político en una segunda lectura–, activa toda una cadena de relaciones que van mucho más allá de la obra, y que se desata como un torrente en la imaginación del espectador. Algo parecido sucede en la obra de Pitarch, que se encuentra al lado, en una acertada presentación curatorial.

Cuatro propuestas interesantes, que muestran dos modos de hacer más allá del conceptualismo: la presentación de un tema mediante complejas y variadas representaciones, o el mecanismo simple que activa, a través de un sencillo ademán, una serie de pensamientos en cadena.

 

 

Foto: Detalle de la instalación The Rainbow Statement de Lúa Coderch en el Club Billar Barcelona.

Crédito fotográfico: Pablo Santa Olalla.